De 3 a 6 años
Antes de que un niño lea una sola palabra, ha tenido que oír y decir miles. La lectura no es el principio de nada: es lo que crece encima de un lenguaje hablado que ya es rico. Ese es el orden, y no se puede saltar.
Piénsalo así: leer es reconocer con los ojos palabras que ya vivían en su boca y en su oído. Si la palabra no está dentro, el papel no la mete. Por eso la mejor preparación para leer no es una ficha, es una conversación.
Y ahí entra la trampa más común: infantilizar. Decir «guau-guau» en vez de «perro», «pupa» en vez de «herida». Suena tierno, pero le estás dando una palabra que tendrá que desaprender. Háblale como a una persona, con las palabras de verdad. Las entiende antes de lo que crees.
Nombra el mundo real que tenéis delante: la cuchara, el limón, el charco. No hace falta un método. Hace falta hablar, mucho y de verdad.
Nada de esto se acelera con prisa. Cada niño llega a su ritmo, y ese ritmo no dice nada de lo listo que es ni de lo bien que lo estás haciendo.
Esto es formación, no consejo médico. Si hacia los 2-3 años tu hijo casi no usa lenguaje, no junta palabras o dejó de decir cosas que ya decía, no lo dejes «madurar» sin más: coméntalo con el pediatra, que puede derivar al logopeda. Cada niño va a su ritmo, pero hay señales que se miran a tiempo.
En la próxima lección vamos a lo concreto: cómo darle vocabulario con cosas que puede tocar, no con dibujos en una pantalla.